Vuelvo a escribir en el blog, porque la ocasión lo merece. En este caso, para dar testimonio de la publicación de un libro Colectivo que tiene como eje central revivir la memoria académica del profesor Montoya Melgar
En el día de ayer se celebraron en (Murcia) unas jornadas de presentación de la obra en donde intervinieron algunos (muchos, en realidad) de los ensayistas que han contribuido a esta obra colectiva. De varias Universidades: Murcia, Complutense, Rey Juan Carlos, San Pablo CEU, Extremadura.
No pude participar en la obra, porque en el plazo de entrega estaba bocabajo, convaleciente de mi operación de desprendimiento de retina, y al no poder escribir en la obra no pude intervenir en las jornadas. El profesor Sempere me había invitado, pero le alerté de que no era posible por esta circunstancia. Si hubiera intervenido hubiera dicho más o menos lo que a continuación expongo.
No tuve el placer ni la satisfacción de conocerle mucho, y mi trato con él fue siempre muy limitado. Además mi entrada en su conocimiento no fue pacífica que digamos, por circunstancias y avatares que no merece la pena recordar ahora…
Si guardo de él, sin embargo, un recuerdo muy vivido de algunos momentos en los que coincidí, generalmente en actos académicos con él y otras personas. No me dedicó, por así decirlo, mucho tiempo del suyo. Alguna pequeña conversación aislada al recogerle del tren para una conferencia en Cáceres, algún paseo con parte antigua que recuerdo con cariño, pero sobre todo para mí, él se acordaría bien porque busco el momento para decírmelo, guardo en mi memoria personal una conversación de apenas minuto y medio que tuvo sobre mí un efecto sanador.
Yo era un paría que buscaba rey y bandera al que puede dedicar mi tiempo a cambio de la soldada. Él conocía perfectamente mis circunstancias y no solo no le parecía mal sino que creo que llegó a considerarlo una virtud mía. Pero siempre tuve, quizá en mi mente más que en ninguna otra, el estigma de haber nacido torcido a su escuela. Rodrigo Martín, gran amigo y una persona muy especial, le hizo ver la cara más amable de mí mismo… y eso ayudó mucho a suavizar las cosas.
Esa conversación fue en el Parador de Jarandilla, al terminar un curso de verano, nos estábamos tomando un café a media tarde. Estábamos en la terraza Toño Sempere, Carmen Sánchez, Miguel Cardenal, probablemente Javier Hierro y otra persona más que no me acuerdo, quizá Mercedes Ávila. Al levantarnos y caminar por el pasillo para salir se me quedo mirando, me agarró el brazo, me miró la cara y me dijo algo tan sencillo, como estoy: muy contento, que en Cáceres las cosas vayan tan bien. Me hizo muy feliz, y para mí fue un momento, como ya he dicho, auténticamente sanador. Desde ese momento supe que tenía rey y bandera.
Se lo agradecí, y se lo agradeceré siempre, de la única forma que puedo, de la única manera que sé, trabajando honradamente el derecho del trabajo. Ni sé de otra forma de hacerlo y no creo que él quisiera de otra.
Por curiosidades de la vida, el día que falleció me encontraba también en Madrid, convaleciente de otra operación en mis ojitos. Me entristecí mucho, como me entristecí ayer. Esa tristeza que sana, que fortifica…
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